De los paseos que hemos hecho estas tardes Agus y yo, comenzamos a hablar de cosas sin importancia, hablamos bastante, hablamos de lo que vemos, de lo que vimos, de lo que imaginamos. Unas voces concurrentes es el nombre de estos pajarracos que en particular a mí me da miedo acercarme, ya que temo perder la mano. Los zanates. Zanates les dicen en mi tierra. Chanates dice él. Hubo tres días que les dijimos hurracas, hasta que ayer nuevamente quedamos en lo mismo. Él dice que hay nombres distintos, yo todavía no los encuentro. Para mí son aves de tarde, escandalosas que llegan a vencer a un árbol por su peso. En Villahermosa era común verlos reunirse a las seis de la tarde, cuando el sol comienza a ocultarse, todos posándose en el mismo árbol. El ruido que hacen llegaba a ser inaudible debido a que era tanto. Yo aprendí a bloquearlo. Los gritos de todas las tardes.

Las urracas en contraste al zanate tienen una franja blanca, me dice Agustín. Pero más que una franja yo veo un pecho blanco, como si se hubiera vestido con un manto de noche y su vestido originalmente fuera blanco. Podría hacer leyendas de eso.

Hay quien cree que son cuervos, sin embargo yo no apostaría por ello. Los cuervos son animales cansados, enormes, pesados. En sus ojos mas que locura hay una inteligencia (porque yo veo locura en los ojos del zanate). Pues bien, no son cuervos, no. Creo que esos sólo los veré alguna vez tras las barras. Pero el cuervo tiene una presencia innegable en la literatura, desde Odin, hasta Poe. Lo que en el zanate no encuentro todavía.

Related posts:

  1. Nuevas nuevas.