Anonimo
Erase una vez que contaba a todos que mi nombre no era otra cosa sino el fruto de la lectura del Cid por mi madre y un romance con su hija “Doña Sol”.
Claro, era mentira. Mi nombre es resultado de un capricho, pero buen intento hice en añadirle un romance. Sin embargo tenía la cuenta pendiente de lectura de tan encomiable libro, que intenté leer en mi juventud con pocos esfuerzos. Pero me he dado cuenta que mis dificultades juveniles son ahora deleitosos, y por el contrario, aquello que paladeaba con más ánimo en mi juventud es ahora soso en mis ánimos más comunes.
Libro viejo, roído, carcomido, ahumado, gastado y manchado de dedos. De una editorial no de mi agrado con las tapas flojas y a punto de caerse, pero que guarda las letras bien impresas, con todo su contenido y fuerza. Finalmente me dí cuenta de por qué la literatura de caballería fué en cierto punto romántica, importante e imponente. Leyendas encomiables de héroes que ya no existen, de riquezas que no se consiguen de aventuras a caballo y espada… Imponente lo repito, imponente.





