Finalmente ya estoy casi fuera. La noche de ayer incluso dormí temprano para que pasara el tiempo más rápido. Sé que con tiempo libre no sé que voy a hacer.
Planearé aventuras, miraré películas, montaré en mil berrinches para salir a donde quiera. Será casi como replantear mi vida al menos una temporada. Que respirar hondo siempre ayuda y me lo tengo merecido, eso lo sé. He trabajado duro y puedo darme ese lujo.
Para llegar a este punto me encontraba pensando arduamente en las noches si mi vida era buena. Si hasta donde he llegado es realmente lo que quería. Si me hacía feliz lo que hago. A veces me contestaba que si, otras veces me contestaba que no y lloraba amargamente porque entonces no sabía qué hacer.
Y es que el plan de ganar dinero es muy fuerte. Y es que el status que te da un trabajo es casi místico. Es saber que perteneces a algo y que haces algo. Claro, tambien es recurrir a un mismo tema cuando estás atascada. Es recurrir a un mismo pensamiento cuando algo te agobia. Es decirte a tí misma que haces algo: “trabajas”.
¿Pero exáctamente para qué trabajas?
Ese era mi dilema principal. Yo trabajaba para viajar. Para conocer, para aprender… para hacer las cosas que a mí me gustan hacer. Y a veces en la oficina me hacen sentir tonta porque… bien, porque no siempre lo que hago es lo que sé hacer. Y debo comenzar de abajo una y otra vez y sentirme estúpida hasta dar golpe y darme cuenta de que no es enteramente eso lo que yo esperaba.
Y es quejarme en las noches por el dolor de espalda, por las piernas dormidas, por el dolor en mi mano. Pequeñas desventajas de una vida sedentaria. De trabajar con el teclado.
Así que me he replanteado la cuestión y terminé diciéndome que me lo merezco. Que merezco los paso que estoy dando aunque en ello se me vaya el trabajo. Que merezco mas que una ventana y escaparme brevemente a aspirar el aire que llega de una avenida.
Merezco ver la calle de día.










