Hay calor en el aire, un silencio sofocante, siento cómo la ropa se pega al cuerpo y cómo el cuerpo yace en mi lecho, carcel del alma de un demente que vive dentro, pasan de las doce y no encuentro el sueño… me lo han robado.
El demente me ha asaltado con historias fantásticamente incrédulas, afianzadamente veraces.
Me narra cómo se siente que te besen el cuerpo, parte por parte, beso por beso; me expone cómo se siente que te besen el alma, sueño por sueño, deseo por deseo; que te idolatren, que alguien te ame, y no te desee, que alguien te observe y no vea tu cielo, que alguien desnude su alma a tí, y no frasee incoherentemente a todo momento.
Me ha dicho que se ha sentido, se siente vivo, alguien lo conoce y no tuvo que gritarle que estaba parado enfrente, porque aunque no lo entiende, alguien le ha visto, alguien comparte, y alguien le quiere seguir adentro, como si todo fuera en un beso.
Mas de pronto el corazon se corta, la respiración se exalta, ¡No me abandonen! ¡No me abandones! grita el demente ¡No me abandones! ¡Nunca me dejes!… nunca me dejes. Y suda y suda, y late y late. Siento cómo el demente me jala por dentro, en su loca carrera de salir tras el, siento y siento de pronto cómo lo tengo encadenado dentro, y llora y llora, y grita y grita ¡Déjame! ¡Déjame! ¡No me abandones…!
¡Nunca te vayas!…
Y es que en dónde yo encuentro a otro demente escondido dentro de una mente común y corriente.





